23.10.07

Melina (encuentro uno)

Quizás nunca más vería a esa muchacha. Pero lo cierto es que quedó totalmente cegado por su belleza. Él la quiso embaucar sacándole temas que, por más que los comentara con total atinación y acierto, sabía que en otro rincón de su ser-uno muy típico en él- estaba seduciendo, y sabía también que ella lo sabía, o lo estaba sintiendo. Se formaba en ese instante una suerte de acuerdo mutuo, de complicidad implícita con el simple fin de continuar la conversación, ese tímido intercambio de miradas fugaces, que para cualquier otra persona, hubieran sido miradas estrictamente funcionales a las normas de vínculo. Conversación que a esa altura sólo funcionaba como conductor de sentimientos y sensaciones placenteras, que representaba tan sólo una escueta excusa para estar compartiendo ese momento tan especial y único, tan irrepetible y azaroso, como corriente y masificado, vacío y superfluo. Una masa indiscriminada de gente los envolvía y los hacía más extraños de lo que ya eran, los hundía más en el anonimato. No eran nadie. No existían salvo para ellos mismos.
Todo transcurría como una conversación típica entre extraños que se encuentran en ese tipo de situaciones, pero con algo de intimidad expuesta, con algo de complicidad que no se atrevía a ser confianza. Ella se llamaba Melina, y él se perdió en sus ojos. No entendía del todo aún, la razón (razón explícita, porque su interés por ella se basaba en la atracción) por la que se puso a hablar con ella, en aquel lugar tan impersonal, y no estaba en un bar tomando un cálido café. Se preguntaba cuál habría sido el motor de la conversación, cuál fue el asunto que los unió inesperadamente, y que ahora presentaba un mundo de espectativas.
Todo iba directamente hacia una especie de desenlace enceguecedor (él lo presentía así, era un extraño pero excitante augurio), las miradas ya no soportaban tanta presión sobre sus pupilas, el mágico evento estaba por acontecer en medio de la calle, y entre ellos dos, como un mar de pirotecnia apunto de estallar en el cielo.
Y ella rompió ese silencio sutil:
-Bueno, gracias por decirme la hora, me viene el ómnibus, chau.
Él entendió que era su momento estelar. Había llegado la hora de afrontar su destino, y así lo hizo:
-Espera, te amo, no te querés casar conmigo?
- Qué te pensas enfermito, que por pedirte la hora me enamoré de vos? desubicado!
De repente su mirada angelical ya no se posaba en él. Se había subido al ómnibus y se había ido. Él no comprendió porqué ella había negado todo aquello, todo lo mágico que había sucedido entre ellos.
Se sentó en un banco de la plaza, con la mirada más desolada de su vida, cabizbajo. De repente se le acerca una chica y le dice:
-Disculpá, tenés fuego?

Reflexión: Y cómo no hacerse un mundo de la nada, cómo no inventar el paraíso a partir de un ángel, o lo que en ese momento tenía que ser un ángel.